‘Rosebush Pruning’, disponible actualmente en las plataformas MUBI y Apple TV, se erige como una audaz disección de la sociedad burguesa contemporánea, tejiendo una extravagante red de absurdos que remite inevitablemente al tono de ‘Los excéntricos Tenenbaums’ de Wes Anderson y al surrealismo punzante de ‘El discreto encanto de la burguesía’ de Luis Buñuel.
Dirigida por Karim Aïnouz y concebida desde la mirada esperpéntica del guionista Efthimis Filippou (reconocido por su trabajo en cintas de Yorgos Lanthimos (‘Pobres criaturas’, ‘Bugonia’), la película abandona cualquier pretensión de crítica moralista convencional para enfocar su lente en la brutalidad de la estupidez humana, agudizada por la frivolidad.
A través del retrato de una familia inútil, disfuncional y peligrosamente aislada de la realidad, la obra expone las extrañas preocupaciones de una clase acomodada que desconoce por completo las situaciones apremiantes de la vida real.
La trama es conducida por la voz en off de Edward Taylor (Callum Turner), el hermano que rechaza la palabra escrita, no conduce, viaja a dedo y justifica su existencia inventando oscuros proverbios familiares, sentenciando que “las personas son rosas, las familias son rosales, y los rosales hay que podarlos”. “Ed” narra el despropósito de su linaje: herederos de una inmensa fortuna tras el presunto fallecimiento de su madre en un ataque de lobos (encarnada por Pamela Anderson), los Taylor son, en sus propias palabras, perezosos, mediocres, insulsos y egocéntricos. Su universo endogámico y superficial se rige por un fetichismo ciego hacia la alta costura, mudándose a España por una devoción fanática a Balenciaga, idolatrando a los Versace y midiendo su realidad a través del estatus social.
En el centro de este desquiciamiento gravita Jack, el hermano mayor encarnado por un maduro Jamie Bell (el recordado Billy Elliot), quien ejerce como el macho alfa de la manada y objeto de una perturbadora y asfixiante tensión sexual por parte de todos los miembros del clan. La disfunción alcanza niveles trágicos y pesadillescos bajo la figura del padre ciego y tiránico, cuyo supuesto ritual nocturno de llamar a Jack para que le “cepille los dientes” oculta en realidad una pulsión incestuosa.

A pesar de operar en los límites del surrealismo, esta pieza logra el extraño mérito de resultar aterradoramente verosímil, anclándose en la vacuidad que históricamente han retratado las artes sobre el aislamiento de las élites.
Aïnouz y Filippou componen una locura profundamente entretenida y decadente, que funciona como una versión ostentosa, al estilo de las revistas de lujo, de las narrativas de cautiverio impuestas por familias retorcidas. Es un retrato implacable que mantiene al espectador cautivo ante la fascinación morbosa de observar a una estirpe devorarse a sí misma, perdiéndose voluntariamente en un laberinto de sangre, moda y superficialidad del que no saben –ni quieren– escapar.



