Roberto

Conocí a Roberto Hernández Montoya y su humor genial, en 1978, gracias a una admirable iniciativa editorial llamada El Sádico Ilustrado.
Por esos días llegó a mis manos un libro de fotografías de grafitis venezolanos hechas por Ricardo Armas llamado Letreros que se… (y aquí unos ojos abiertos como los de un emoticón).
El prólogo del libro era de Roberto y gracias a él supe que el merengue Car’e Cochino era la prueba más sólida de que el surrealismo existía en Venezuela en tiempos cañoneros, antes que se le ocurriera a André Bretón proponerlo en Francia.
En el ochenta, al entrar a la Escuela de Artes de la UCV, quise ver con él Metodología de la Investigación, pero ese semestre daba la materia su esposa Susana Gámez.
En esa época disfruté de un espectáculo creado por él y Miguel Delgado Estévez para la Cátedra del Humor Aquiles Nazoa llamado “El Ramillete de la Cursilería”, en el que escuché por primera vez ese portento de la pava y lo pavoso que es el Himno de las Enfermeras.
Volví a conectarme con él cuando regresó a sus fueros junto a Roberto Malaver para desnudar la grosera mediocridad de la oposición venezolana y permitir que la rabia y la indignación se convirtieran en carcajadas y así pudiéramos concentrarnos en atacar al verdadero enemigo, la bota Imperial.
Finalmente nos conocimos personalmente siendo ambos parte del equipo de cultura de la Revolución Bolivariana.
No fueron muchas pero si extensas y entretenidas las conversaciones que logramos sostener a lo largo de estos años. Hablamos mucho de música -era un melómano ecléctico- y de cine, sobre todo de ese cine europeo de los 70 que admirábamos tanto como las películas de Kurosawa.
Dejo aquí este testimonio para sentirme cerca de su humanidad con la sonrisa que siempre logró arrancarle a mi inteligencia.

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