Ismael (I)

Hay un parentesco lejano entre los Querales y mi familia. Una de sus hermanas Capriles es cuñada de la tercera esposa de mi padre ¿Suena complicado? Si. Y divertido también y por lo tanto entrañablemente tierno. Porque los Querales, cuando irrumpieron en el escenario artístico en 1976 con ese portentoso proyecto llamado Un solo Pueblo, se metieron en mi alma potenciando su venezolanidad e ignorando yo todo esos vericuetos familiares de los que muchos nos enteramos por el disco que, en 1979, sacó Rafael Salazar bajo el título de «Teo Capriles canta a Caracas, canciones pícaras y festivas del siglo XIX en Venezuela» y en el cual participaron sus hijos Querales en magnífica conjunción familiar con la maestra del piano Diana Franklin Capriles.

Siempre me fascinó la manera como se manifestó la distribución genética del viejo Teo entre Capriles, que heredaron y ejercieron sus cualidades deportivas, y Querales, que asumieron sus dotes musicales, y aunque nadie puede planificar este tipo de asunto, resulta de un realismo mágico, como una premonición, la ocurrencia de bautizar a su primer hijo Querales con el nombre de Florentino, como homenaje al hecho de haber sido, Teo, el primer Florentino de la Cantata Criolla de Antonio Estévez, estrenada en 1954 con Antonio Lauro en el papel de El diablo.

Otro de los Querales, Jesús, quién por ese enmarañamiento familiar que nos vincula, me llama “Casi sobrino”, mantiene la dirección de Un Solo Pueblo, así como un sólido conocimiento de la geografía espiritual venezolana y sus referentes. Jesús es un investigador incansable, poseedor de un enorme registro fotográfico y audiovisual de las distintas expresiones de la Venezuela profunda.

El otro es Ismael, quien decidió andar por derroteros de lo intangible el pasado 20 de septiembre. Sigamos.

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