La lectura de un libro, asevero con plena convicción, nos salva reiteradamente de naufragios inesperados; también de sucumbir y perecer de manera inusitada en algún momento del viaje que hace la vida; a través de ese océano de tinta y papel, que no es cosa distinta a la memoria y el tiempo, configurados en imagen de infinitud inabarcable, y a veces, sin puertos de llegadas ni orillas para la pausa y el descanso. Leemos, no solo palabras, sino voces, huellas y vestigios de aquellos que anduvieron por estos paisajes, signados por el misterio de lo impredecible y lo desconocido; que marca con sus enigmas todo aquello que yace oculto y aparentemente invisible, entre bastidores de escenarios que guardan, como si fueran viejas escenografías: imperecederas escrituras.
Cada libro, sea manuscrito, impreso, o hablado en los latentes vientos de la tradición oral; nos devuelve el fervor y el aliento esencial, para continuar el viaje hacia ese encuentro con otras vidas, que no callan y nos siguen dando testimonios de aconteceres; que subyacen en esos océanos de papel, que no son otros, sino los archivos, las bibliotecas, y los cardúmenes de palabras que aún no han sido leídas ni escuchadas; pero, que permanecen allí, en alguna isla olvidada en ese otro océano: la memoria de la humanidad, que abruma y asombra de tanta inmensidad.
Cada libro se vuelve isla que auxilia al navegante lector en sus incertidumbres, aciertos, incesantes búsquedas; y también, en sus inevitables extravíos. Y por esos pasajes del lector viajero, siempre se hacen notar las brumas del misterio, como nubes que sobrevuelan territorios de páginas leídas; entre fragmentos, párrafos y capítulos, que no avizoran finales en aquel monasterio hecho de penitente silencio, caminado por Humberto Eco, hacia los pergaminos que hicieron posible la escritura de, “En nombre de la rosa” ; tampoco se presiente término, llegada o finitud en “Los demasiados libros” en las bitácoras de Gabriel Said; y menos aún, en las voces venidas de aquel antiguo oficio, retomado y hecho tinta imborrable en la escritura de Ortega y Gasset, haciéndonos recordar la mística e indispensable “Misión del bibliotecario” en los oráculos que rigen el futuro de la humanidad. Y es precisamente en uno de esos viajes que hace el lector en sus indagaciones, a veces, calladas y secretas, donde surgen valiosos hallazgos o encuentros no premeditados, con libros reveladores que cuentan historias sobre otros libros, desde las lejanas estanterías de un silencio no advertido, pero, que se hace sentir hondamente, desde un remoto sentido abrumador.
Y hablando de libros que cuentan historias de otros libros, hoy nos referiremos a un interesante trabajo de rescate y transcripción de un manuscrito original titulado: El Libro Parroquial más Antiguo de Caracas. El mismo fue publicado por Ediciones del Concejo Municipal del Distrito Federal, Caracas, 1968. El Dr. Mauro Páez Pumar rescata este manuscrito de gran valor histórico, social y religioso. Se trata del Libro Parroquial más Antiguo de Caracas; en el cual, se anotaban las partidas de bautismos y de matrimonios de los primeros caraqueños. Este libro corresponde al período 1579 – 1615, cuando la Iglesia Mayor de la ciudad no se había convertido aún en Catedral. Este manuscrito después de estar extraviado, fue adquirido por el Dr. Mauro Páez Pumar, con el propósito de entregarlo a las Autoridades Eclesiásticas en la persona de Monseñor Luis Eduardo Henríquez, Obispo Auxiliar de Caracas.
Considerando su mal estado de conservación en que se hallaba, debido a su antigüedad; entre otros factores, que influyen en el deterioro del soporte de papel, dichas autoridades Eclesiásticas, decidieron confiarlo a la Fundación John Boulton, que ofreció llevar a cabo la transcripción paleográfica del texto; y a su vez, gestionar la restauración y tratamiento profesionalizado de los folios dañados o frágiles, los cuales, mostraban daños casi en su totalidad.
La transcripción de esta pieza documental, estuvo bajo la responsabilidad de la experta paleógrafa de la Fundación Boulton, María Vega Gutiérrez. La referida transcripción fue revisada por la estudiante graduada de Estados Unidos: Stephanie Bower Blank y por el Director del Archivo Arquidiocesano de Caracas, Fray Cesáreo de Armellada. Después de realizarse un minucioso trabajo de transcripción y revisión, se decide o se dispone, la publicación de este libro parroquial. En el mismo, se publica los contenidos respetando el orden en que figuran en el manuscrito original: 950 partidas de bautismo y de matrimonios, complementados por un útil juego de índices (de nombres de personas y cronológico) elaborados también por María Vega Gutiérrez.
El estudio preliminar fue redactado en inglés por la Sra. Stephanie Bower Blank y traducido al español por el Profesor Pérez Vila.
Leemos en uno de los fragmentos de este estudio preliminar, lo siguiente:
“Este libro Parroquial, el más antiguo de Caracas, contiene las partidas bautismales y de matrimonios que han sobrevivido hasta nuestros días, correspondientes al período 1579 – 1615. Antes, este tipo de documento interesaba exclusivamente a los estudiosos de la genealogía que buscaban determinar la sucesión de antepasados de un grupo familiar dado. Ahora, con la aplicación de la metodología interdisciplinaria a estas fuentes, el estudioso de Historia Latinoamericana se halla en capacidad de realizar notables investigaciones sobre temas tan importantes como el de las clases sociales y el de las relaciones inter-raciales…”
Con la finalidad de propiciar un acercamiento al contenido de este importante libro Parroquial, citaremos, a manera de ejemplos, algunos registros anotados en el referido documento:
5. Juan. – En 9 de enero del año de 1594 se bautizó Juan hijo del Tesorero Francisco Gómez de Ubierna y de doña Isabel su mujer, fueron sus padrinos el Gobernador don Diego Osorio, pùsosele óleo y crisma y por verdad los firmé yo el benefiado
Bernardo de Vallejo
34. Guillermo. – Domingo 20 de octubre de 1596 años, yo Bartolomé de la Canal, cura Vicario de la Santa Iglesia de esta ciudad de Santiago de León, bauticé, puse óleo y crisma a Guillermo hijo de Pablo Jiménez y de Águeda Bonilla su mujer, fueron sus padrinos Diego Vásquez de Escobedo y doña Germana de Rojas su mujer en fe de lo cual lo firmè de mi nombre.
Bartolomé de la Canal
409. Pedro. – Miércoles 25 de abril de 1612 años, yo Gabriel de Mendoza, cura de la Santa Iglesia parroquial de esta ciudad de Santiago de León, bauticé, eché bendiciones a Pedro hijo de Julia, india del servicio de Pedro Blanco, fue su padrino Sebastián de Inojosa, y no se le puso óleo ni crisma a esta criatura por haber pasado de los dos años que fue consagrado el dicho Santo Oficio y lo firmé.
Gabriel de Mendoza
Este libro o transcripción, reviste de gran importancia para la conservación del acervo documental y bibliográfico de nuestro país. El mismo puede ser consultado en la División de Publicaciones Oficiales de la Biblioteca Nacional de Venezuela




