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Batalla lingüística

Lea aquí el artículo de Alí Ramón Rojas Olaya

En 1851, en los Consejos de amigo dados al Colejio Latacunga, Simón Rodríguez escribe uno de los diagnósticos sociolingüísticos, pedagógicos y sociopolíticos más agudos de su obra: “¿¡Es posible!? ¿¡Que vivamos con los indios, sin entenderlos?! Ellos hablan bien su Lengua, i nosotros, ni la de ellos ni la nuestra”. Desde la sociolingüística de la dominación y la enajenación, Rodríguez expone la paradoja lingüística de las nacientes repúblicas criollas y nos habla de una incomunicación ontológica. Señala la ruptura entre las élites criollas y las mayorías originarias al referirse a que se habita el mismo territorio, pero existe una frontera epistémica y comunicativa insalvable impuesta por la ceguera colonial. Rodríguez nota que los indígenas dominan su propia lengua, mientras que el criollo/blanco no domina ni las lenguas originarias ni el propio castellano con rigor. En cuanto a la maternidad lingüística subalterna, Rodríguez vislumbra un fenómeno clave de la formación social hispanoamericana en el que coincide con Andrés Bello: el castellano americano no se aprende en las academias ni con los preceptores europeos, sino en la convivencia cotidiana con las poblaciones afrodescendientes e indígenas. La verdadera cuna del español americano es popular, mestiza y afroindígena.

La alusión a la Iglesia católica y al uso del latín funciona como una crítica profunda al conocimiento privatizado y al dogma desvinculado de la praxis: “Digan los fieles que van a ver, no a oir Misa”. Al sustituir la comprensión del mensaje por el ritual incomprensible del latín, la Iglesia transforma la fe en un espectáculo pasivo. Rodríguez denuncia que, irónicamente, durante la colonia existían exigencias para que los curas dominaran las lenguas indígenas (“a título de Lengua”), mientras que la república conservadora retrocedió hacia un hermetismo litúrgico que excluye tanto a blancos como a indígenas de la comprensión del mundo.

El político caraqueño habla de una batalla lingüística: “Resistir al ataque continuo de mil contra uno”. Concluye que hablar un castellano normativo en un contexto donde la oralidad cotidiana está profundamente permeada por las lenguas indígenas y afro es un esfuerzo titánico (“cuántos trabajos qué pasar… si quiere hablar correctamente español!”). Lejos de condenar el habla popular, Rodríguez reconoce la fuerza avasallante del medio social (“Las Palabras, entran por las orejas i salen por la boca”). El idioma no es una abstracción gramatical de gabinete, sino un cuerpo vivo en permanente hibridación.

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