Hablar de salud mental y prevención del suicidio suele resultar incómodo, generando dudas y temor de decir algo inapropiado. Sin embargo, guardar silencio o hacerse el desentendido ante el dolor y sufrimiento ajeno lo que logra es profundizar el sentimiento de soledad de quien lo padece.
Nadie tiene todas las respuestas ante el dolor de otra persona, pero sí poseemos la posibilidad de tenderles la mano, ofrecer una escucha activa, haciendo espacio para las emociones del otro, sin juzgar.
Para crear redes de apoyo seguras no es necesario ser experto en psicología, sino tener buena voluntad, empatía y disposición. Se comienza con la validación de los sentimientos del otro, respetar que su fragilidad no es una falla o debilidad de carácter, aprender a detectar las señales de alerta, como el aislamiento progresivo, cambios en el comportamiento, expresiones de desesperanza o sentimientos de ser inútiles.
El siguiente paso es pasar del estigma a la empatía, siendo una sociedad más compasiva, en la que pedir ayuda sea un acto de valentía y no signo de debilidad. Ninguna persona debe pasar esos momentos tan difíciles en la soledad de su mente, tampoco sentir que sus sentimientos representan una carga pesada y difícil para los que le rodean.
La decisión de estar presente, interesarse genuinamente de cómo se siente una persona o simplemente sostener una conversación sin prisas ni prejuicios, prestando atención, puede tener el valor real de salvar una vida. Cuidar la salud mental es tarea de todas y todos.




