Un aspecto muy interesante en el cuadro de los Tratados de Trujillo fue la entrevista del Libertador Simón Bolívar y de Pablo Morillo en Santa Ana, estado Trujillo, el 27 de noviembre de 1820.
Un “fraternal abrazo” entre los dos importantes líderes, congelado en un monumento en el lar andino, simbolizaba el cierre de una decisión trascendental en nuestras guerras fundacionales.
Era la primera vez que los acérrimos enemigos se veían cara a cara.
Cuentan las crónicas de aquel encuentro que Pablo Morillo se ruborizó cuando vio llegar al sitio previsto al Libertador con poco cortejo, montado en una mula, sin arreos militares, con gorra de campaña y una levita azul; mientras que el oficial español aparecía con sus mejores galas, con un vistoso uniforme de general y un formidable grupo de escoltas.
El Libertador posteriormente confesaría acerca de aquel significativo día: “fui a aquella entrevista con una superioridad en todo sobre el general español, de buena fe, con confianza y con amistad”.
Esa famosa entrevista era un espacio para la diplomacia y la astucia, una conversación para la persuasión y el disimulado predominio personal.
La discusión política de los tratados planteaba la “opción” del amparo de la Constitución de Cádiz y un Consejo nada absolutista, respetuoso de las aspiraciones de los independentistas.
Un banquete con discursos y ofrecimientos joviales animaba el ambiente.
Mientras que el oficial español buscaba cumplir a la letra sus indicaciones, Bolívar trataba de concretar la aceptación del nuevo Estado y de su gobierno.
Si bien no se obtuvo por parte de los emisarios de Madrid un reconocimiento jurídico de la independencia de Colombia, las denominaciones “Gobiernos de Colombia” y la referencia al Libertador como “Presidente de Colombia” decían lo contrario.
A despecho de los colonialistas, aquellos tratados representaron el anhelado reconocimiento de facto exigido por Simón Bolívar al gobierno español.
En este marco se debe resaltar el rol de primer orden jugado por el cumanés inmortal Antonio José de Sucre en la redacción de los Tratados de Trujillo.
Fue tal la grandeza de los acuerdos que el llamado Hombre de las dificultades lo ponderó como “el más bello monumento de la piedad aplicada a la guerra”.
Asimismo, es destacable que Venezuela, en 1820, se convirtió en el centro político internacional de la paz posible.
Lo que aquí pasó, sin lugar a dudas, influyó en la costa caribe neogranadina y en las provincias de Popayán, Pasto y Quito, impactando el rumbo del proceso de emancipación.
Un recuento sobre El Tratado de Armisticio y El Tratado de Regularización de la Guerra arroja que dichos acuerdos de Trujillo fueron un éxito rotundo en la diplomacia de Simón Bolívar.
Esto, debido a las ventajas obtenidas por el bando republicano, tanto en la fortificación del Ejército Libertador como en la suma de simpatía mediática mundial por la causa independentista nuestroamericana.
La pausa de paz se rompió antes de lo convenido.
El 28 de enero de 1821 se produjo un pronunciamiento en el que se declaraba a la provincia de Maracaibo ahora unida a Colombia.
Al no establecerse una solución sobre esta importante región, ambos bandos acordaron el reinicio de las diferencias el 28 de abril de 1821.
Era el paso previo a la Campaña de Carabobo.




