Un asomo a su biografía nos contagia de cierta nostalgia: la de creer y caminar sin oportunismos y autocomplacencias; la de tener fe en el mañana sin que la dictadura del algoritmo nos aliene con el totalitarismo de la instantaneidad y la estupidez.
Frente a esta ideología -que también confunde espiritualidad con dopamina- se alzaría el preclaro Iván Ilich.
El 4 de septiembre de 1926 Viena sería su cuna. Y su zigzagueante orientación existencial sería actuar siempre contra todo lo camufladamente deshumanizante: la educación castradora, la mercadería de la salud y el progreso mal entendido. Como se puede inferir: una mirada rebelde contra las bases de la modernidad cosificadora.
Sin embargo, la rebelión illichiana no fue improvisada o reactiva, sino producto de un aquilatado proceso formativo en disímiles campos del conocimiento, en ramas como la histología y más tarde la teología y la filosofía.
Los títulos alcanzados en las universidades de Florencia, en la Pontificia Gregoriana de Roma o en la de Salzburgo no hicieron al humanista austríaco perder su sensibilidad social. Este pensador, que también fue sacerdote, optaría por los humildes en lugar que por los traficantes de las esperanzas ajenas. Preferiría más los suburbios de latinos en Nueva York que el aire acondicionado de la Santa Sede. Entendería la iglesia a contracorriente: son los más pobres su razón de ser, no otra.
Con muchas responsabilidades en su haber, Ilich llegaría a ser vicerrector de la Universidad Católica de Puerto Rico. Por sus posturas de avanzada sería interpelado por el clero. Abandonaría la institución eclesiástica en 1969.
En su tránsito vital encontraría Ilich en México lugar para cavilar y haría de Morelos su centro de operaciones. Su arribo a Cuernavaca no sería casual. Era la ciudad mexicana un núcleo cultural muy magnético, cautivando a intelectuales de todos lados para una labor fecunda y para la puesta en práctica de teorías innovadoras.
En 1966 inauguraría el Centro Intercultural de Documentación (Cidoc), organismo que duraría una década, facilitando programas pedagógicos verdaderamente descolonizadores. Como estudioso de los ámbitos educativos, de salud y de transporte concebiría toda una corriente crítica que atraería lo más granado de la inteligencia de la región. Así, de muchas partes del mundo, llegarían voces universales -Sergio Méndez Arceo, Gustavo Gutiérrez, Camilo Torres, Everett Reimer, Paulo Freire, Erich Fromm, entre otros- para un diálogo auténtico, radical y propositivo.
Varios fueron los textos que nacieron en este lapso productivo en el ideario illichiano, de tantos valiosos mencionemos «La sociedad descolarizada», de 1971.
«La sociedad descolarizada» es una invectiva contra el aula competitiva y dogmática, tendiente al condicionamiento de un sujeto consumista más que para la sana convivencia. Ilich planteaba autoaprendizajes informales, comunitarios y voluntarios que desmontaran las certificaciones, homologaciones, evaluaciones y prácticas obedienciales para el engranaje capitalista.
Iván Ilich sería renuente a tratarse el cáncer que le cubría el rostro. La meditación y el yoga lo auxiliarían en sus últimos días. También el opio como lenitivo. La muerte prematura, por su increíble vigencia, le daría la mano el 2 de diciembre de 2002.





Es muy importante controlar desde el hogar el uso de las redes sociales en nuestros niños, niñas y adolescentes pués somos los Padres y familiares cercanos al niño quiénes les permitirnos el uso del tlf. De allí que los padres deben ser parte de la formación en el uso racional de la redes sociales en el hogar.