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Nunca vencidos

Expresaba César Vallejo, en sus «Heraldo Negros», que “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, /la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma… ¡Yo no sé!”.

Golpes duros, durísimos, de magnitudes astronómicas en los cuales el espíritu humano no parece hallar sustento de donde asirse. En estos momentos toda palabra es deficiente y hasta retórica. A veces no hay forma de nombrar a lo innombrable y aquí -aunque parezca paradójico- salen al ruedo los lugares comunes. No hay de otra. No podemos huir de esas frases manidas, carentes de autenticidad, pero certeras a fin de cuenta: resignación y avanzar.

Otras voces emergen para darnos bálsamos a un duelo incalculable, resiliencia es una, es decir, a ese recuperarnos y con firmeza dominar las adversidades.

Sobre superar circunstancias, como estos terribles terremotos, los venezolanos sabemos, nos hemos doctorado contra el silenciamiento de la sensatez y la asfixia de la moral. Hemos soportado innumerables situaciones, desde el ahorcamiento de nuestra economía, pasando por la quema de personas vivas y el secuestro de nuestro presidente constitucional Nicolás Maduro Moros.

¡Qué difícil tomar un camino propio en un territorio de recursos apetecibles y urgentes para la primera potencia bélica del mundo! ¡Qué complejo tratar de ser soberano ante la soberbia de una fuerza temida por todos! Ese, quien nos lee -y más allá del odio y las diferencias políticas- es nuestro único delito. Que si en “Venezuela existe una dictadura”, que si en “Venezuela se comenten crímenes contra población civil”, esas eran y son las noticias inscritas en una guerra cognitiva y comunicacional sin precedentes contra nuestra nación. ¿Y del genocidio contra Palestina por Israel en complicidad con Estados Unidos? Ni una sola palabra. La verdad sea dicha. Que por miedo o por ignorancia no lo queramos admitir, es otra cosa. Sin embargo, de bloqueos y mentiras conocemos los hijos e hijas de Bolívar, pero también de superar las desgracias. Porque en este pueblo heroico, alegre y sufrido existen grandes valores que nos hacen una comunidad irrepetible; como irrepetible fueron las acciones estratégicas de nuestros padres y madres libertadores y libertadoras.

Hoy, cuando una nube gris se posa sobre el cielo patrio, trazando un cuadro cada día más dantesco y espeluznante, más temprano que tarde, con esa entereza heredada de las glorias pasadas, nos repondremos.

Ahora, a inventariar los daños, a llorar a nuestros seres amados, a vencer la muerte, el pesimismo y el divisionismo.

Venezuela, como en otros días aciagos, saldrá adelante con la convicción profunda de que tiene razón para existir. Como tarareó Fito Páez: “¿Quién dijo que todo está perdido? / Yo vengo a ofrecer mi corazón/Tanta sangre que se llevó el río /Yo vengo a ofrecer mi corazón /No será tan fácil, ya sé que pasa /No será tan simple como pensaba /Como abrir el pecho y sacar el alma /Una cuchillada del amor (…)  Cuando no haya nadie cerca o lejos/Yo vengo a ofrecer mi corazón/Cuando los satélites no alcancen/Yo vengo a ofrecer mi corazón/Y hablo de países y de esperanzas/Hablo por la vida, hablo por la nada/Hablo de cambiar esta, nuestra casa /De cambiarla, por cambiar nomás”.

A la memoria de Karín Pestano y de Gabriel Serrano, gente buena que jamás olvidaremos.

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