InicioTu mascotaHistorias de MascotasDe casi perderla a escucharla ronronear: la increíble recuperación de mi Niña

De casi perderla a escucharla ronronear: la increíble recuperación de mi Niña

Mi gata sobrevivió a una hernia diafragmática: la historia que no creí poder contar

Rescaté a mi gata en marzo de 2020, estábamos en pleno confinamiento. Ella se veía débil y lenta, y yo la alimentaba a diario, hasta que la dejamos en casa, encerrada, porque yo tenía dos gatos más. Así que hice una especie de cuarentena.

Le tomé videos y el veterinario me advirtió sobre la forma en la que ella respiraba: era una respiración dificultosa y, además, se ahogaba, se atascaba. Era horrible. Creímos que serían sus últimos días.

Apenas pudo revisarla el médico, le hizo algunas pruebas y determinó que tenía una hernia diafragmática. Eso significa que esa membrana estaba rota y ella se ahogaba fácilmente, porque todas sus vísceras y órganos se movían y no estaban contenidos en la cavidad abdominal.

Una opción era operarla. Nos advirtió en ese momento que la operación era complicada, así que sugirió que le diéramos tiempo, porque esos días aún eran inciertos con las restricciones.

Ella mejoró, dejó de ahogarse con la frecuencia de antes; de hecho, casi no pasaba, pero sí respiraba raro. Lo dejamos pasar y, como las cosas pasan porque pasan… el jueves, tarde en la noche, ella de pronto vomitó. Estaba decaída y noté que trataba de evacuar, pero aunque se ponía en posición, aunque lo intentara en varios lugares, no pasaba nada.

Me preocupé. El viernes se me hizo tarde y el veterinario no pudo verla. El sábado tenía una actividad que yo organizaba; apenas terminé, llegué a casa y me alisté para llevarla al veterinario.

Ella seguía intentando, seguía pujando y quedaba exhausta, agotada. Me preocupé y pensé que tal vez eran hilos, porque mi mamá cose, aunque yo cuido mucho esos detalles: barro y me aseguro de que no estén por ahí para evitar un accidente.

En el área abdominal, no estaba lo que debería…

Pero no. El veterinario le hizo una radiografía, la examinó en detalle y no era una obstrucción como yo creía. Por improbable que parezca, en el área abdominal no había nada; estaba vacío, y todo, absolutamente todo, estaba en su tórax. Casi no tenía espacio para respirar y sus intestinos estaban allí… en el tórax.

Sí, finalmente todos esos órganos se habían desplazado, porque esa membrana no podía hacer su trabajo: no contenía los órganos y todos migraron hasta allí. El veterinario me lo advirtió. Me indicó que la única opción era la cirugía, pero esta vez de emergencia. Y yo ahí, viéndola tan agotada, respirando como cansada, y es que no tenía espacio para poder respirar.

Recién operada y ya en recuperación

Yo no paraba de llorar. El veterinario me dejó muy claro que era una operación compleja, y tocó confiar. Con miedo la abracé y creí por un momento que sería la última vez. La besé, esperé, recé, y pasó: salió el doctor, vi cómo estaba conectada con un montón de cables, pero estaba viva, y el doctor me explicaba todo sobre la cirugía.

Mi niña sobrevivió. Está conmigo, se recuperó, respira muy bien y ya no se ahoga. Antes no la había escuchado ronronear; ahora lo hace. Le devolvieron la vida. Un susto inmenso. Sentirla otra vez, abrazarla, mimarla y verla tan llena de vida es lo máximo. Estaré eternamente agradecida con el equipo veterinario que la operó: la doctora Eva y el doctor Williams, manos que sanan y vocación que le devolvió la vida a mi Niña.

Por cierto, esa señorita se sentía tan bien que, al día siguiente de la cirugía, se trepó en la nevera. Es una loquita y, como dice el doctor: «Debe sentir que tiene unos superpulmones, porque antes no tenía espacio para respirar».

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