Uno de sus proyectos más apreciados por Ismael Querales fue el de la difusión del repertorio de canciones del siglo XIX recopiladas y armonizadas por Vicente Emilio Sojo y grabadas y difundidas por su padre, Teo Capriles. Recuerdo su entusiasmo, en 2012, por el concierto con la Banda Marcial Caracas en el que cantaba, con el estilo particular de Teo, varios temas de ese repertorio. Momento sublime, que nos habla de la dedicación de Ismael por transferir ese amor a lo nuestro, fue cuando sus cuatro hijas interpretaron, con una ternura infinita, La valencianita, con solos de las menores, Isabella y Ligia Elena, que ahora de adultas han emprendido también ese camino artístico. Sus otras hijas, Marisela y Amanda también heredaron el talento artístico de Ismael.
Asumido hijo putativo de sus maestros -y estoy hablando de gente de la talla de Juan Esteban García, el gran intérprete de la bandola central- con sus discípulos Ismael fue también un padre. De los talleres que impartía en la Bigott surgió el grupo Zaranda, dirigido por el maestro Daniel Gil y conformado por niños talentosos como los hermanos Javier y Pedro Marín, Leo Vargas, Ronald Chacón y las mayores de las Querales. La hermandad que existe entre estos muchachos es, gracias a Ismael, tan creativa como indestructible.
Esa virtud afectiva que practicaba, lejos del afán de competir, le sirvió para construir lazos más allá de lo profesional. Con importantes agrupaciones como Los Golperos de Don Pío y La Verde Clarita, así como con portadores patrimoniales como el entrañable cabestrero de Guanarito Vidal Colmenares, llegó a establecer vínculos familiares indisolubles. Sigamos.
Fe de errata: En la entrega anterior cometí el error de señalar a Florentino como el mayor de los Querales, siendo en realidad el maraco. Perdón.




