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Delgada línea

Es necesario revisitar categorías tales como soberanía, independencia, paz, porque en estos grandes ejes conceptuales, respaldados por experiencias históricas, está el escudo efectivo de nuestra protección actual, no solo de nuestros regímenes políticos o nuestros sistemas económicos, sino de nuestra existencia misma como naciones y como pueblos.

Lo que está en juego no es tal o cual gobierno, o este o aquel presidente o Parlamento; no, de lo que se trata ahora es que las bases del mundo que conocemos, mundo que comenzó hace un poco más de ocho décadas, se vinieron abajo: el pacto posbélico de 1945 se derribó y con él toda la dinámica que arrancó más tarde en el bienio 1989-1991 con la caída del llamado Muro de Berlín y la extinta URSS. ¡Todo se hizo trizas!

El neoliberalismo con su prédica de libre concurrencia, e inclusive, el Consenso de Washington con su corolario de democracia liberal, están en crisis terminal.

Asistimos a un nuevo escenario global donde una especie de repartimiento del orbe en potencias consolidadas y emergentes —haciendo uso de guerra cognitiva, comunicacional, algorítmica, virtual, de inteligencia artificial sin precedentes— está siendo liderado por un neoimperialismo norteño que dinamitó definitivamente las reglas de una unipolaridad amparada y promovida hasta hace poco. Y todas estas permutaciones geohistóricas se deben, expresado de un modo grueso, en gran medida, al déficit energético de dicho hegemón —la reserva petrolera en el caso estadounidense es de un poco más de cinco años—, y a la disputa de China y Rusia por zonas económicamente rentables.

Insistamos, si alguna idea es cara es la de soberanía, entendida de manera general como “autoridad suprema”, es decir, ese poder legítimo ejercido por el pueblo y por el Estado; poder que descansa tanto en las leyes como en nuestra capacidad de ejercerla. La decisión popular, primero, y la ley, después, son los soportes de nuestro poder soberano. En su moderna acepción, en 1576, hace 550 años, ya Jean Bodin lo apuntaba: la soberanía es el “poder absoluto y perpetuo de una República”.

Afirmación esta que redefiniría posteriormente Juan Jacobo Rousseau, agregando un elemento revolucionario: que es el pueblo el garante y agente cardinal de dicho poder, de mentada soberanía. De su “voluntad general”, señalaba el filósofo ginebrino, surgiría la “soberanía popular” y, más tarde, se le sumaría el carácter “nacional”, aspecto interesante en el cual no podemos ahora ahondar.

De tal forma que cuando hablamos de soberanía no hacemos un ejercicio retórico o romántico, sino que nos remitimos a la columna vertebral de nuestra subsistencia pacífica en la llamada comunidad de naciones, dando paso al derecho internacional en el marco de las interrelaciones estatales, para ser más enfáticos.

Pero esta resemantización del término soberanía hoy en la Revolución Bolivariana no puede ser con la vieja mirada frente a acontecimientos inéditos. Nos convoca la situación a ser más creativos ante la coyuntura no convencional y asimétrica que experimentamos, sin realizar acciones que, aun siendo de buena fe, puedan favorecer las estrategias del poder que nos avasalla. Allí descansa, en parte, la delgada línea: una digna defensa nacional sin caer en respuestas divisionistas, anacrónicas e irresponsables.

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2 COMENTARIOS

  1. Gracias por la consideración.
    Tenemos una situación involucrada desde hace algún tiempo con una coyuntura regional frágil para el desarrollo de los pueblos libres y soberania incipiente, luego recorrer la historia e histórica defensa de nuestra patria.
    La Revolución de Venezuela es única, ahora empalada por la intervención directa del norte, sin tspijos lógicos de la conciencia del derecho a libertad de los pueblos ni del derecho internacional.
    Cuando tenemos borradas las fronteras del derecho e imposición de la anarquía, no estamos a salvo en ningún lugar del globo terráqueo, amenazados por las grandes potencias te recurrir a las armas de exterminio, una cuestión que solo la poseen una mínima minoría, valga la redundancia, pero la prepotencia la utiliza para amedrentar; mientras que los demás la utilizan para controlar y frenar la destrucción del planeta en cuestión.
    Gracias a nuestro escritor que nos invita a reflexionar y consideración de nuestras responsabilidades al respecto con su: Delgada Linea, publicada por el presente.
    Algunas veces el sistema no me permite leerlo, pero si me llega religiosamente.
    , gracias gracias.

  2. Excelente artículo, política y pedagógicamente escrito. Bueno para ambos bandos y para el ciudadano común.

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