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Los libros

Qué triste sería pasar por los días y noches del mundo, sin dejar siquiera una palabra, que diga lo que somos, lo que una vez fuimos. Una palabra al menos, para ser leída por los hijos de nuestros sueños, dudas y aciertos, que configuran nuestro paso fugaz por los laberínticos pasillos de la vida. Sería muy triste pasar, sin ni siquiera intentar abrir la puerta de esa casa mágica hecha de palabras, que nos invitan a conversar con nuestros silencios, ausencias y secretas confesiones. Esa  casa que espera ser habitada desde las más apartadas estanterías. Porque eso son los libros: casas de voces para ser leídas y escuchadas, desde la biblioteca de sus sagrados misterios. Lugar que propicia el encuentro con otras vidas, otros espacios, otras historias; y con personajes rebelándose, en el misterio de la palabra que los nombra y los eterniza. Cada libro contiene, sin lugar a dudas, una lucha constante por  vencer la brevedad del tiempo que nos signa. Cada libro hace del instante vivido, instante que no vuelve; pero, se hace imperecedero en la palabra impresa, que hace posible el milagro de la trascendencia. Somos personajes de un libro que tal vez no llegue a escribirse nunca. O personajes del libro que jamás será leído por algún lector. Ese libro que se extravía entre ocultos anaqueles, donde miles de páginas conservan en sus tintas, la voz de una buena parte de la historia de la humanidad. Entonces, dónde buscarnos, si somos personajes en constante configuración y transformación. Personajes inmersos en aquello que trascurre con asombrosa rapidez, que apenas alcanzamos a leer en las páginas de nuestras vidas, sólo fragmentos y palabras rotas, que se van quedando calladas en alguna calle de nuestra pequeña historia, pequeña, pero particular, única e irrepetible en la sagrada vida de todo ser humano que, habita este extraordinario y muchas veces maltratado planeta. A veces, leer un libro nos hace cruzar puentes hacia paisajes sólo visibles en el reino de la  fantasía y los sueños. Paisajes que habitamos y recorremos en las naves de la imaginación. Paisajes que nos hacen sentir emociones, que en nuestra realidad circundante nos resultarían imposibles de alcanzar. Y si nos adentramos en otras lecturas, podemos ir a lugares, pueblos y ciudades, en los mágicos y encantadores vuelos, que se hacen sentir a través de la lectura de cuentos,  poemas, novelas, fábulas y leyendas que nos invitan a realizar viajes inesperados. Leer un libro nos convierte, inevitablemente, en el otro; nos hace caminar, por insospechados predios de otras vidas, por lo general, distantes de las rutinas que nos agobian y nos entumecen. Pero, si leemos otras páginas, nos encontramos también con historias crudas y lamentablemente reales sobre guerras, invasiones, hambrunas y otras desgracias padecidas por la humanidad.

Camino por estos pasillos y voy abriendo puertas de libros; que me conducen, hacia las habitaciones olvidadas de los olvidos. Toco suavemente la perseverancia del pergamino, que perdura sobre sus cuerpos de voces, tinta y papel. Erguidas permanencias, los libros, como guerreros silenciosos, resisten sin quejas ni lamentos, el peso de los siglos convertidos en multitudes de palabras, que yacen en la quietud inalterable de aquello que aún no sido develado, por la curiosidad de alguna mirada.  Avanzo sigilosamente hasta llegar a una sala impregnada de aires de polvos envejecidos; y miro aquellas velas encendidas en la noche de los insomnes entregados a sus sagradas o profanas escrituras, que me convierten, a veces, en enigma indescifrable. Pasillos de la desolación que trae en su devenir, la reiterada incertidumbre de sentirme invulnerable en la fragilidad misma que me sostiene. Pergaminos de la noche en sus misterios, donde emergen voces entre escombros de antiguos poblados que imagino; voces de ilegibles escrituras en sus exiguas tintas; colmenas de palabras reunidas en estos aposentos de extraños y olvidados significados; colmenas como viejos templos de palabras calladas. Imperecedera miel de la memoria que, aún sepultada bajo lápidas de olvidos inminentes, asombrosamente, no sucumben. Por estos pasillos del sueño y la memoria, escucho los zumbidos de las abejas del viaje, rumores de abejas que unen en el aire de mis presagios: segmentos, flagelos, partículas de sentidas dispersiones. Por estos pasillos, siento los antiguos aromas de todos los comienzos posibles.

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