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Machado sin retorno eterno

El teléfono de María Corina Machado suena con la dramática melodía de Misión Imposible, llena de suspenso, pero la pantalla no marca a Tom Cruise. La recepción es de una marina privada en Panamá.

​—Estimada doña María —dice la voz al otro lado, con una carraspera sospechosamente ensayada— lamento informarle que la embarcación no podrá zarpar. Hemos detectado un desperfecto mecánico de extrema gravedad: el ancla estornudó y las velas sufren de estrés postraumático.

​Machado suspira como aquella actriz llamada Mahuami Acosta, se ajusta el bolso y da la orden de activar el Plan B. Ya el pasaporte tenía la tinta fresca del sello de salida, pero el Caribe panameño acababa de inventar el primer taller mecánico marítimo con sensores de geopolítica integrada.

Hay un vacío sideral

​Así comenzó el maratón de 48 horas en el que la Nobel viajera enfrenta la tragedia del No Retorno y sin la estatilla de la Paz que le regaló al Emperador, tras haber entrado por un atajo lateral de la Casa Blanca, asustada por los hocicos de unos perros que participaron en una de esas guerras en el Golfo Pérsico.

La señora Machado está arrechándose porque los medios europeos la llamen «líder opositora venezolana».

Con ese humor intentó burlar el vacío sideral que separa a la capital panameña de las costas venezolanas y un triángulo de las Bermudas muy particular, donde los barcos no se hunden por tormentas, sino por llamadas telefónicas, y los aviones no se pierden en el radar: sencillamente deciden que ese día tienen todos tienen dolor de cabeza.

El comando de elite

​El plan B era impecable en el papel. Vuelo privado a Aruba, brisa marina en la cara y de allí una lancha rápida hasta tocar suelo patrio. El equipo se desplegó en la pista con la precisión de un comando de élite, pero la física aeronáutica volvió a reescribirse. El avión ni siquiera llegó a encender los motores. Las autoridades aéreas emitieron un no-despegue tan misterioso que hasta los pájaros de la pista miraban para los lados buscando la cámara oculta.

En Aruba debieron quedarse esperando la comitiva, o tal vez la torre de control local intuyó que aquel vuelo llevaba un cargamento demasiado pesado de adrenalina opositora.

El infalible GPS

​Pero si algo caracteriza el «eterno no retorno» de María Corina es que la palabra rendición no figura en el GPS. El martes 22, el escenario fue el Aeropuerto Internacional Marcos A. Gelabert. El destino: Curazao. La estrategia: la misma de los contrabandistas del siglo XVII, pero con pasaporte diplomático y periodista a bordo: la incombustible Idania Chirinos, registrando cada intento de abordaje como si fuera un cronista de Indias tropezando siempre con la misma piedra. Como lo habría hecho su mentor ventrícular César Miguel Rondón, en la Televen aquella.

​Nuevamente motores listos, cinturones abrochados, la señal de «no fumar» encendida y… abortó en la pista. Tres de tres. Ni por mar, ni por aire, ni por la ruta insular de las Antillas Holandesas.

Panamá, por dos días, dejó de ser la ruta del canal para convertirse en el juego de la oca: tire los dados, caiga en la casilla de aviación y vuelva a la casilla de salida.

​Desde el entorno de la señora ya no hablan de fallas técnicas ni de permisos burocráticos, sino de un «cerco». Un cerco tan microscópicamente coordinado que solo falta que el próximo intento sea en bicicleta marítima y la cadena se salga misteriosamente a diez metros de la orilla.

​Mientras tanto, en la capital panameña, María Corina contempla las aguas del Pacífico sabiendo que la distancia entre Panamá y Venezuela no se mide en millas náuticas ni en horas de vuelo, sino en la cantidad de excusas que una empresa de chárter es capaz de inventar antes del mediodía.

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