El humor del creador

Foto @linjianyangbe

Para Miguel, Dios tiene mucho sentido del humor. “Me echa vaina desde la primera vez que me enamoré”, asegura. Su novia de la adolescencia era una chama llena de cualidades incluyendo “un carácter fenomenal”.

Sin embargo, hay dos características físicas que él jamás podrá olvidar: la combinación de su sonrisa con su mirada. “Me quedé buscando esos rasgos en todas las mujeres”.

Se hicieron novios una tarde al salir del liceo. Ese día, Miguel se detuvo debajo de un limonero y le pidió “el empate”. No recuerda la fecha exacta, pero cuando rememora el momento los nervios se vuelven a apoderar de él.

Ella —en realidad— le respondió que “no sabía” si quería ser su novia. Pero, justo en ese instante, de alguna radio lejana, salió la voz de José Feliciano entonando “ten piedad de mi corazón, yo te imploro señor”. Entonces, Miguel se armó de valor y la besó.

Tras hacerlo, obtuvo el “sí” que le abriría pasó a una intensa historia de amor. Tres años después, la inmadurez propia de la juventud les empezó a jugar un par de malas pasadas. Un día, en medio de la calle, ella decidió dar todo por terminado.

Él no hizo reproches ni críticas, solo aceptó su decisión pese a no entenderla. En ese momento, a lo lejos, volvió a sonar el gran José Feliciano: «No podrás olvidar jamás un amor como el mío».

En medio de aquel dolor y esa gran “coincidencia”, Miguel se echó a reír ante “el sentido del humor de Dios”. Miró al cielo y le preguntó en voz alta: ¿y ahora qué?

En algunas ocasiones, la vida lo hizo tropezarse con su ex amor. Él cree que la química seguía vivía pero prefería disfrazarse de diplomacia. Por eso, conversaban brevemente y sin ninguna alusión al pasado. Hasta que un buen día, dejaron de verse… por años.

Miguel siguió su vida, se casó y conformó una familia. Su nueva esposa tenía un hermano de crianza que, a raíz de un raro amorío, terminó convirtiéndose en padre y quería que su familia fuese a conocer al niño, quien vivía en otra ciudad.

Agarraron sus macundales y fueron al encuentro. Llegaron al caserón y mientras esperaban a la madre, Miguel diviso un rostro conocido: su noviecita de la juventud.

Los nervios recorrieron todo su cuerpo. Intentó respirar disimuladamente, pues su esposa —quien conocía toda la historia— estaba parada justo a su lado. Rápidamente, las mujeres cruzaron un par de frías miradas y un movimiento de cabeza a modo de saludo. Entonces, la madre de sus hijos le dijo entre dientes: «Bueno, tengo que admitir que tienes buen gusto».

Miguel fingió demencia. Fue el fin de semana en que menos palabras pronunció. Él estaba consciente de que cualquiera opinión sería usada en su contra y cree que “la competencia entre mujeres” suele ser muy descarnada para su habitual torpeza.

Recuerda que esa noche volvió a mirar el cielo: “Te pasas te gracioso”.

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