Lagunas de amor

Foto @linjianyangbe

Hace días vi el nuevo video de Lady Gaga junto al cantante estadounidense Tony Bennett (95 años), quien fue diagnosticado con alzhéimer en el 2016.

Meses antes, en agosto, Bennett también participó en  de los conciertos de Radio City con Gaga. En aquella oportunidad, su esposa Susan Benedetto afirmó que no estaba segura de lo que iba a pasar esa noche.

Cada día era diferente pero el olvido estaba ganando terreno.

Sin embargo, cuando llegó el momento de ensayar, ocurrió algo increíble: el acompañante de Tony, Lee Musiker, empezó a tocar y, de repente, Tony estaba de vuelta. No tenía notas, ni ayuda para su memoria, pero de alguna manera, todas sus viejas canciones seguían ahí.

Por minutos, parecía que Bennnet había logrado derrotar al alzhéimer.

Su neuróloga, Gayatri Devi explicó que todas las medicinas y tratamientos disponibles buscan estimular el cerebro. Pero, por ahora, no hay mejor estimulación que hacer las cosas que amamos, aquellas que nunca olvidaríamos porque, de una u otra forma, están “cableadas” en nuestro cerebro.

Yo afirmaría, tal vez ingenua y románticamente, que el amor es capaz de mantener esas pocas conexiones que el alzhéimer no elimina. Sé que algunos me preguntarán ¿y entonces por qué los pacientes olvidan a sus parejas o a sus hijos? Pero ¿acaso las cosas que recuerdan no involucran a sus seres amados?

En diciembre del 2018, compartí mis fiestas decembrinas con la familia de una amiga. Su abuelo había perdido la memoria a corto plazo y de la lejana tampoco quedaba mucho. A cada rato me preguntaba ¿Dónde estamos? ¿Quién eres tú? ¿Qué hago yo aquí?

Horas después, una mezcla de desesperación y tristeza se había empezado a apoderar de mí. Entonces, el abuelo diviso un dominó y me dijo “siéntate acá, vamos a jugar”. Yo no entendía nada pero le seguí la cuerda y minutos después, estábamos sacándoles tarea a toda la familia, vecinos y allegados.

El don era imparable. Mientras jugaba, no preguntaba absolutamente nada. De cuando en cuando, parecía vernos a todos con cara de “no tengo idea de quiénes son, pero igual voy a ganarles”.  Acto seguido, chequeaba en la hoja cómo iba la partida y sonreía.

“Usted juega muy bien”, le dije. “Yo sé, a ese tipo de allá (mientras señalaba al yerno, cuyo nombre y parentesco desconocía) le ha ganado como un millón de veces”, me respondió. En su mente, aún vibraba la emoción de jugar y el placer de vencer.

Entonces, su esposa me explicó que el dominó fue durante muchos años la gran pasión de su marido. “Por la casa, ya no reconoce a casi nadie, pero sabe que les ha ganado varias partidas”.

Y a ti… ¿te recuerda siempre?, le pregunté.

“De una u otra manera creo que sí. A veces se despierta y no sabe quién soy, me mira receloso, pero de repente me pide ir al parque que hemos visitado los últimos 50 años de nuestra vida y al llegar me dice: no sé porqué pero acá me siento feliz”.

Ella sí lo sabe. Abraza y atesora esas certezas en el nombre de ambos.

Esa noche supe que, de una u otra forma, el filósofo francés Alain Badiou tiene razón: el amor inventa una manera diferente de duración para la vida.

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