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El efecto Ringelmann y nuestros propósitos

El profesor Maximilien Ringelmann observó, en experimentos en los que había que tirar de una cuerda, que dos personas rendían alrededor del 93 % de su capacidad individual, tres personas alcanzaban cerca del 85 %, pero grupos de ocho personas apenas llegaban al 49 %. Esta paradoja es importante, ya que un equipo con más integrantes reúne más talento potencial, alcanzan menos trabajo real, al tiempo que exige una mayor coordinación. En una decisión de este tipo, es más importante conocer cómo participa cada uno que cuántas personas participan. El efecto que lleva su nombre ofrece una valiosa lección para la educación, la ciencia, la política y la gestión de equipos de trabajo, ya que, si bien sumar personas amplía las capacidades, también puede diluir el esfuerzo individual cuando la responsabilidad se vuelve difusa.

Casi un siglo después, otro grupo de investigadores liderados por Alan Ingham reprodujo el fenómeno con grupos de hasta seis integrantes y determinó (igualmente) que el rendimiento individual disminuyó al pasar del trabajo individual a grupal y que se produjeron pérdidas cuando cada participante actuaba solo creyendo que colaboraba con otros. Parte del efecto surge de la coordinación y otra parte de la motivación y la responsabilidad percibida. Este patrón se ha comprobado en otras investigaciones, lo que refuerza la conclusión de que la «holgazanería social» aparece en diversas tareas, modulada por la visibilidad del esfuerzo y el objetivo sentenciado de la tarea.

Ahora bien, interpretar el efecto Ringelmann como una condena al trabajo colectivo es una lectura incompleta. Hace solo unos años, Weber y Hertel descubrieron que los miembros de menor rendimiento aumentaban su motivación cuando su contribución resultaba indispensable, y que el desempeño mejoraba cuando las metas grupales eran específicas y exigentes en lugar de imprecisas. El equipo puede reducir o multiplicar el esfuerzo; la diferencia reside en su arquitectura.

Pensemos en seis estudiantes encargados de reducir el consumo eléctrico de su universidad. Si cada estudiante asume una responsabilidad verificable (medición, datos, costos, diseño, impacto ambiental y comunicación) y luego el grupo integra las evidencias, la cooperación adquiere estructura. La misma lógica sirve para un espacio de investigación, donde cada integrante debe saber qué analiza, qué evidencia aporta y qué decisión ayuda a sostener.

El efecto Ringelmann invita a diseñar organizaciones formales e informales, grandes o pequeñas, en las que colaborar signifique aportar a través de funciones específicas, metas compartidas, contraste de criterios y revisión posterior. La inteligencia colectiva florece cuando el grupo hace visible el esfuerzo y convierte cada contribución en una pieza necesaria de la solución. Esta enseñanza se aplica en la ciencia, la política y la cotidianidad de nuestros propósitos sociales.

@betancourt_phd

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